Empezar a escribir puede convertirse en un reto para quien quiere plasmar en el papel las historias que le rondan por la mente. A algunos les sale de manera natural, pero otros necesitan una guía. En esta serie de artículos, irás aprendiendo, de la mano de varios escritores, cómo adentrarte en cada género narrativo para empezar a crear esa historia que siempre soñaste escribir.

El artículo de hoy se centra en los cuentos. M. M. J. Miguel  es autor, como él mismo dice, de muchas cosas sin publicar, colabora en revistas o blogs, entre otros. Para conocer mejor su trabajo, te invito a que te pases por su página, donde además podrás leer artículos muy variados sobre escritura creativa, literatura fantástica, reseñas de libros, etc. Si quieres leer algunos de sus cuentos, visita su Wattpad.


Se ha escrito demasiado sobre el cuento, y valga decir que podría escribirse, de manera innecesaria, mucho más. Eso se lo dejo a los paladines del buen verbo, puesto que lo que compete para efectos de este ensayo es esclarecer de qué va este género según mi descalabrada perspectiva.

            Soy fiel defensor de la imitación, tanto por oposición como por exaltación (valga la cacofonía). Podríamos entender que lo cotidiano se embarca en conceptos inconexos que van de la mano de una construcción verosímil y sistematizada que parte de nuestra mente; en lo posible, crear orden en el caos.

            Dentro de la ficción, este balance hacia la coherencia es lo que permite recrear la linealidad que exige un relato; no es más que una serie de acontecimientos con un principio, un medio y un fin. En palabras parafraseadas de la teoría aristotélica: el principio es todo aquello que no goza de antecedente, pero sí de algo que le precede; el medio tiene antecedente y precedente, y el final antecedente y nada que lo preceda.

            Las historias se remiten a estas acciones lógicas; sistematizar el azar de los hechos en pro de la resolución de un conflicto determinado. Podríamos decir que el cuento es un asunto ficcional que le compete al tiempo y al espacio. ¿Cómo transcurren los acontecimientos y dónde? Un universo posible en donde la particularidad y la anécdota toman foco en la ruptura y el posterior reparo de los equilibrios.

            Aclaro que el esbozo de la anécdota no tiene mucho que ver con la anécdota en sí misma. El tema, me parece, es lo menos importante. Lo realmente trascendental, lo que que notamos en grandes cuentistas como Borges o Felisberto Hernández, es el tratamiento, la vuelta de tuerca a lo Henry James, que recae sobre aquello que hemos decidido escribir.

            Nuestro tópico es un bloque sin matices y producido en serie. Casi podemos verlo empaquetado, idéntico a muchos otros. En realidad, no debe existir problema con eso; si nos quitan lo que creemos que somos, volveríamos a nuestra naturaleza plana, a ser el bloque. Los tópicos están para trabajarlos, y algunos tienen la suerte —o la mala— de salir del sanatorio sin su medicación; los vemos dando vueltas por allí una y otra vez, contándonos lo mismo con aquella sonrisa sin alma, sin aquello que lo haga trascendental. “Hace falta un mito”, diría Cesare Pavese.

            Cincelar el tópico. Cuéntamelo, pero al revés. Cuéntamelo al revés y que parezca otro tópico y otra historia. Cuéntamelo desde arriba, desde abajo, a la mitad o hacia el final, pero cuenta; y entre contar y contar se revela la voz propia de quien escribe, de aquel que ha tirado tanto del hilo que ahora comprende que solo una buena historia puede revelarse cuando ponemos la fibra de la reflexión artística en ella. En el mundo del arte por la marca, es heroico encontrar el arte para el arte.

            Decía Ricardo Piglia que un cuento debe tener dos historias. Por un lado, una que trabaje de manera denotativa, como una exposición; por el otro, una insinuación. A primera vista podríamos pensar que un cuento siempre debe forjarse bajo la expectativa de la sorpresa, como un chiste a la espera del remate; y sin embargo, encontraremos relatos estáticos como un reloj de arena vacío, que al terminarlos han removido tanto en nosotros sin que podamos precisar cómo lo han hecho.

            Aquí el asunto: el cuento debe alborotar las vísceras de la emoción, poner sobre la mesa puntos clave que nos llamen a reconocernos, ya sea en lo sublime o en lo horroroso. De eso se alimentan las historias, al menos las que a juicio personal considero avasallantes, que no están sujetas a una línea de pensamiento o a la tendencia moral de moda. Un cuento, por ser cuento y ficción, tiene la potestad de enfrentarnos y nosotros a él; par de boxeadores a dejar los dientes en la lona, con la diferencia en que aquí, en las páginas, ninguno saldrá ganador.

            Se me ocurre que los cuentos encarnan la pérdida de la inocencia humana. Están llenos de una malicia que poco tiene que ver con la misericordia estética. Son horrendos seres humanos —los cuentos, no los cuentistas—. Un buen cuentista jamás sale de casa sin su Virgilio de confianza; necesita guía para no ser presa del azar romántico, potenciar su nivel de observación y fijar la mira en la profundidad más profunda de los velos de la materia; colorearla con palabras desde adentro, luego de lanzarse al abismo de la comprensión.

            Una vez en el papel, el trabajo ya no es de observación, sino de receptividad auditiva. Dale voz al cuento con la tuya en alto. Ese pequeño multiverso posible de ficción intentará abrirse paso como una Fuga de Bach. Si el ritmo es interrumpido por una palabra a destiempo, el pulso no debería temblar para guardarla en tu archivo de recuerdos; todas las palabras son necesarias, pero no en todo sitio. Escucha al cuento y atiende sus necesidades; jamás al contrario. Nunca se trata de lo que el escritor desea; eso es una falacia. Se trata de la historia, se trata de lo que contamos y de cómo lo contamos; lo demás es mero aderezo. “Como cada palabra tiene un alma, hay en cada verso, además de la armonía verbal, una melodía ideal. La música es solo de la idea, muchas veces”, manifestó Rubén Darío en vida.

            La estocada final al texto es falsa. Es tan de ficción como lo que acabamos de escribir, pero hay que abandonar la contienda una vez que agotamos las fintas, al menos de momento. Que el lector se las arregle con lo que le deja el cuento. Por algo ha decidido pactar en el juego y seguirle la corriente al narrador. Toca pasar la página agraviada de sustantivos y verbos, encontrarse de nuevo con el fantasma del vacío.

            Total, que para empezar a escribir cuentos lo que hace falta es un poco de vocación, agallas y sinceridad. La técnica aparece con la práctica, y la práctica aparece con la voluntad. Creo, ante todo, que el respeto hacia el oficio de escribir nace cuando aceptamos que este no es necesario, que nuestra historia podrá emocionar y cautivar, pero ¿cambiar al mundo? ¿Quién quiere lanzarse esa vana tarea? Las historias existen más allá de su función; existen para renovarse a medida que nos renovamos como individuos, como artistas y como sociedad. De allí que el bloque a cincelar siempre sea plano; nunca dejaremos de moldear y ser moldeados a la vez por la Musa Mnemosine.

             De eso se trata escribir cuentos.      

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Correctora, lectora profesional, filóloga y escritora de fantasía juvenil. Ayudo a escritores tanto de ficción como de no ficción a mejorar y pulir sus textos, y a dejarlos listos para publicar. Les enseño cómo revisar sus libros y todos los secretos de la autopublicación.

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